Cuando comience este ciclo en la Universidad, muchos regresarán a las aulas después de haber pasado todos sus fines de semanas en la playa, o yendo de tono en tono. Otros, por otro lado, tendrán que dejar sus trabajos de part-time o cambiar sus horarios (si es que tienen el mejor jefe del mundo) para poder volver a estudiar. Otros más, que se fueron más allá aún, regresarán después de haber pasado tres meses en donde no hay más pollos a la brasa en cada esquina, o donde la Coca-Cola sabe menos dulce: EE.UU.
Antes de comenzar, tengo que advertir que este texto no irá acompañado de estadísticas, ni de una ardua investigación verificada por la EFE. Este texto tan solo es un cúmulo de ideas medianamente ordenadas de un “fenómeno” (suena más interesante así, ¿no?) que todos hemos vivido, ya sea tomando como referencia a un amigo, un familiar o uno mismo.
Comencemos imaginando que viajar a Estados Unidos debe ser toda una aventura. Así me han dicho algunos. Eso sí, no hay nada comparado con la sensación de aventura a lo Indiana Jones que uno experimenta cuando viaja de ilegal, puesto que hay que sortear una cantidad de caminos y escondites para finalmente cruzar la gran y añorada frontera. Para nosotros, los que podemos viajar gracias los varios programas de Work and Travel (que debería ser más un programa Work and Work), no tenemos que pasar por esa experiencia tan emocionante. Sin embargo, no todo está perdido: aún nos queda la emoción de pasar la embajada, hablar con un par de gringos, pasar el examencito de inglés, la entrevista de trabajo, el contrato, el aeropuerto, las aeromozas, los gates y los boarding pass. Como digo, aun podemos divertirnos con todo esto, ¿no?
En fin, el asunto es el siguiente: cada vez más y más estudiantes universitarios (la gran mayoría de universidades particulares) se animan a viajar a Estados Unidos y vivir “la experiencia al máximo”: no tener que ver a sus viejos todos los días, viajar en una combi, o trabajar haciendo algo “mínimo” a cambio de más plata de la que alguna vez llegarán a ganar teniendo 20 años sin haber terminado la carrera universitaria. Uno se va por unos tres meses, conoce a gente de todo el mundo, “practica su inglés”, y viene cargado de platita que poco a poco se irá yendo en las boletas y en demás cosas. ¿Todo bien hasta acá? Claro, todo perfecto.
Yo no sé; eso tengo que confesarlo. Yo no sé qué significa ir a Estados Unidos. He viajado en avión y en bus, dentro del Perú, y tan solo conozco Buenos Aires, pero no sé qué significa irse a Estados Unidos y pretender que voy a practicar inglés cuando voy a trabajar de house keeper en un resort (por lo cual todos pensarán que no sé inglés), o cuando voy a estar detrás de un counter tomando órdenes en uno de los cientos de fast-foods que hay en EE.UU., repitiendo todo el tiempo What can I get you?, Thank you, Have a good day. No sé cómo será tener que irse a un país donde todo lo que acá cuesta 50 céntimos el kilo termina costando 2 dólares por medio kilo. Más aún, no sé cómo podría acostumbrarme a medir todo en feet, pounds y ounces (sin confundirme al operar matemáticamente) a menos que haya vivido un año allá sin interrupciones. Aparte, tampoco sé qué se siente ver a un japonés, un hindú, un guatemalteco, un colombiano, y un mexicano, todos juntos en un supermercado. ¡Ah! Me olvidaba, tampoco sé cómo será eso de darme cuenta que los afroamericanos, los hindúes, los chinos, los del norte y los del sur, los de California y los de New York, a pesar de que hablan inglés, suenan todos tan diferentes.
¿Cómo será, no? Qué suerte para todos aquellos que se fueron estos tres meses. Qué suerte la de aquellos que pudieron cruzar esa frontera sin tener que sentir la adrenalina de viajar sin la ayuda de Work and Travel.
Como que ya se va perdiendo el hilo de lo que este texto propone. Entonces, ¿qué quiero decir con todo lo que ya he escrito? Quiero decir que, como todo en la vida, hay siempre dos caras de la misma moneda. Por eso, la belleza de los programas Work and Travel también vienen acompañados de una condición no escrita en los contratos de trabajo. Viajar a EE.UU. o cualquier otra parte del mundo, donde hablen tu idioma o no, no es tan solo una cuestión de tomar un avión, llegar a la casa que te buscaron (o que buscaste) y luego ir al trabajo al día siguiente. Viajar, y pretender que vas a integrarte como un ciudadano, tomando un rol de un ciudadano, en un lugar donde te quedarás por tres meses, es una mentira enorme. Nadie se acostumbra a eso en tres meses.
Por otro lado, dicen que nadie te quita lo vivido, y es cierto. Nadie le puede quitar a uno lo vivido cuando se da cuenta de que sí, disfrutó la corta estadía, pero también se dio cuenta de que buscar independencia saliendo de un lugar del que no conocía nada más que la Universidad y la propina mensual, puede ser bastante difícil. Así se crece; así es como algunos están creciendo en el siglo XXI. ¿Bueno o malo? El tiempo lo dirá.
Finalmente, creo que hay que estar orgullosos. Hay que estar orgullosos de haber conocido lo feo, lo bonito, lo malo y lo bueno a tan corta edad y en otro país que no es el de uno mismo, y a pesar de todo, vivir para contarlo. Sin embargo, hay que pensar también que falta mucho por conocer del “sistema” nuestro propio país antes de pensar que toda la diversión, la independencia y la plata se encuentran afuera. Que lo “mejor” siempre está por allá y no por acá. Hace mucho que el sueño americano se volvió una realidad de pocos y la desgracia de muchos. Hace tiempo que los mismos gringos se dieron cuenta que su sistema is not so good as they thougt it was. También hay que pensar en eso.



